Homilía Para el Vigésimo Segundo Domingo Del Tiempo Ordinario, Año B

Obedeciendo El Mandamiento De Dios Con Un Corazón Puro

Lectura: (1o: Dt 4, 1-8; Sal 14; 2o San 1, 17-18. 22-27; Ev: Mk 7, 1-8, 21-23)

Este breve reflexión fue escrito por Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. El es un sacerdote Católico y miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espiritanos). El trabaja en la Sanctuario del Espiritu Santo, en Dorado, Puerto Rico, del Internacional Grupo Espiritano De Puerto Rico y Republica Dominicana. Para más detalles y comentarios contacto él en:canice_c_ njoku@yahoo.com o canicechukwuemeka@gmail.com.

En este vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario de la iglesia, nos regocijamos en la ley de Dios que es la religión pura. Esta ley de Dios se cumple en el Sacramento del amor y sólo habita en un corazón puro y transformado. Todas las lecturas de este domingo están en el mandamiento de Dios y de la mejor manera de obedecerla.

En nuestra primera lectura, Moisés recuerda a los israelitas del mandamiento de Dios. Instó a obedecer para tener éxito en la vida. También destacó que no debe agregar o quitar nada de la ley. Sin embargo es triste notar que esta advertencia no fue tenida en cuenta. Esto es porque los fariseos multiplicaron aproximadamente seis cientos diez códigos. De esta manera, hicieron la vida difícil para el pueblo de Israel.

Así, en el Evangelio de hoy Jesús se enfrentó a los fariseos por su hipocresía. Esto es porque, nunca observaron las leyes que se han multiplicado para el pueblo. Se trata de una peligrosa forma de vida que debemos ser cuidadosos. Debemos no vivir una vida sin compromiso o incluso hacer vida innecesariamente difícil para otros. Cristo también nos enseña hoy que, a diferencia de los fariseos, que no prestemos mucha atención a lo físico, mientras que estamos enfermos espiritualmente. Así, diciendo que: “Lo que sale de un hombre es lo que lo contamina”, Cristo está diciendo a nosotros que hay que mirarnos hacia adentro y examinarnos a nosotros mismos.

Las intenciones que tenemos en nuestros corazones, la maldad, odio, orgullo y, los malos pensamientos que tenemos por los demás es realmente lo que nos hacen quienes somos. Si cualquiera de estos tiene un espacio en nuestros corazones, nosotros debemos desalojarlo lo antes posible. Ellos son los verdaderos enemigos que tenemos y hay que luchar. Nuestro corazón y la mente son como una gran caja llena de muchas cosas diferentes. Hay un refrán que dice: “El mayor enemigo de uno es, y vive con uno mismo.” También es el enemigo más difícil para luchar, porque viene con orgullo y negación.

La calidad de nuestra vida se mide por las cualidades de lo que tenemos en nuestros corazones. Así que lo más importante que Dios necesita de nosotros es un corazón puro. Por lo tanto, Cristo nos dice: “Dichosos los puros de corazón, porque ellos verán a Dios”(Mt 5, 8). Así, más bien que prestar más atención a la pureza física como los fariseos, debemos dejar que la palabra de Dios nos transforme como Pablo nos dice: “No sigan la corriente del mundo, sino más bien transfórmense, para que conozcan la voluntad de Dios…” (Ro 12, 2). Como el salmista, debemos orar a Dios diariamente: “Crea un corazón puro en mí oh Señor y pon un espíritu nuevo y fiel en mí” (Ps 51, 10).

La mejor manera que podemos demostrar que somos fieles al mandamiento de Dios es sólo cuando nuestros corazones son transformados por Él; Cuando nos motiva a seguir bien, para amar a los demás, para evitar el pecado y el mal; Cuando nos mueve a arrepentirnos y a perdonar a los demás y; Cuando nos esforzamos a vivir una vida justa, misericordiosa y honesta. Así que, como Santiago nos dice hoy en día en nuestra segunda lectura, debemos poner en práctica las palabras de Dios que sus mandamientos son de amor: “Acepten y sométanse a la palabra que se ha plantado en ti… debes hacer lo que te dice la palabra.” La mejor manera de hacerlo es dejar que nuestro cristianismo encuentre expresiones en nuestra forma de amar y tratar a los demás. Como el salmista nos dice hoy: “El justo vivirá en la presencia de Dios.” Vivir en la presencia de Dios es obedecer sus mandamientos, hacer lo que te dice su palabra y tener un corazón puro.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha (Ven Señor Jesús)!

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