Homilía Para La Conmemoración de Todos Los Difuntos – Lunes 2, de Noviembre

Nuestros Difuntos Están En Buenas Manos

Sb 3, 1-9, Jn 11, 32-40 

Este breve reflexión fue escrito por Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. El es un sacerdote Católico y miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espiritanos). El trabaja en la Sanctuario del Espiritu Santo, en Dorado, Puerto Rico, del Internacional Grupo Espiritano De Puerto Rico y Republica Dominicana. Para más detalles y comentarios contacto él en:canice_c_ njoku@yahoo.com o canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy en día  la madre iglesia en todo el mundo, conmemora a Todos los Difuntos. Las misas que celebramos hoy en día es una oración para pedirle a Dios el perdón en nombre de todos nuestros hermanos difuntos. Esto es especialmente para los que todavía están en el purgatorio y más necesitados de la misericordia de Dios.

Pero, hay que pausar un momentito para preguntarnos, ¿por qué orar por los Difuntos? Cuando la carta a los hebreos dice: “Después de la muerte viene el juicio” (He 9, 27). Y también cuando hay un dicho que dice: “No hay arrepentimiento en la tumba.” ¿Esto no significa que estamos perdiendo nuestro tiempo aquí? ¡No Hermanos, no estamos perdiendo nuestro tiempo! Estos son simplemente los argumentos de otras iglesias contra las enseñanzas de la iglesia católica. 

Como católicos, creemos en la comunión de los santos y esta comunión incluye los santos de la iglesia triunfante, militante y de la iglesia sufriente. Entonces estamos en una comunión en la cual podríamos ayudar unos a otros a través de nuestras oraciones. La iglesia sufriente de los que están en el purgatorio, necesita purificación a fin de llegar finalmente a su destino eterno. Podemos apoyar esto en el libro de Macabeos: “En aquellos días, Judas Macabeo, jefe de Israel, hizo una colecta…para que ofrecieran un sacrificio de expiación por los pecados de los que habían muerto en la batalla….En efecto, orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados es una acción santa y conveniente” (Mac 12, 46).

Entonces, según el catecismo de nuestra iglesia, orar por las almas en el purgatorio y por los difuntos son obras de caridad. Sin embargo hermanos, su situación debería ser un advertencia para nosotros los viviente que, hay que hacer todo lo posible para entrar derecho en el reino de Dios en lugar de parar al purgatorio. Esto es la mejor opción para cada uno de nosotros.

Esta es una de las interrogantes escritas en la muralla de la muerte y que nos llena de angustia: “¿La vida de los hombres se termina con la muerte?”  La Palabra de Dios que hemos leído contesta esta interrogante: “Las almas de los justos están en las manos de Dios y no los alcanzará ningún tormento. La gente insensata, los que no tienen fe pensaba que sus sufrimientos eran un castigo, que todo se terminaba para ellos. Se consideraba su tránsito como una desgracia, su partida de entre nosotros como una destrucción. Pero los justos están en paz.” Hermanos, No tengamos miedo, ya que nuestros difuntos están en buenas manos, mucho mejores que las nuestras.

Pues mientras vivían y estaban con nosotros, más de una vez fueron víctimas de nuestros defectos, de nuestras limitaciones, de nuestros egoísmos y de nuestras injusticias. Ahora están en las manos de Dios: manos del Padre que acogen, que comprenden, que aman y por ello siempre están dispuestas a perdonar. Manos de Padre y de Madre llenas de amor. Las manos de Dios nos han dado la vida, se han juntado con las nuestras y nos han conducido por los caminos de la existencia, nos han educado para la libertad, para la responsabilidad, y para el amor.

Por ello nos han salvado, nos han liberado, y han hecho que llegásemos a ser lo que somos: “Nosotros.” Las manos de Dios se alargan también hacia nosotros a la hora de la muerte y nos llevan al otro lado de la frontera, allí donde “ningún tormento nos tocará, a la felicidad inmensa, al lugar del reposo, de la luz y, de la paz, a la inmortalidad;  allí donde Dios mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos; y allí donde ya no habrá  muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado”(Ap. 21, 3-4). Nuestros hermanos han dado estos pasos definitivos. Ahora están con Dios. 

Así que, acompañémoslos con nuestra plegaria, unidos a Jesucristo, nuestro hermano mayor, que ha muerto y ha resucitado y nos ha enseñado el camino que conduce a nuestra casa, a la casa de Dios, a la casa del Padre y la Madre, a la casa donde todos nos hemos de reunir para siempre. 

¡La paz sea con ustedes!

Maranatha! (¡Ven Señor Jesus!)

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