Homilía Para El Vigésimo Uno Domingo Del Tiempo Ordinario, Año C

La Gran Reunión En El Banquete Del Reino De Dios

Lecturas: (1ra: Is 66, 18-21; Sal 116; 2da: He 12, 11-13; Ev: Lc 12, 22-30)

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Este domingo la Iglesia nos recuerda de la reunión del pueblo de Dios en la fiesta de su reino. No es sólo los judíos y los cristianos que el Señor reunirá a sí mismo. También reunirá la gente de todas las naciones. Todos aquellos que están dispuestos a someterse a su cariño. Las lecturas de este domingo, especialmente, la primera y el Evangelio están estrechamente relacionadas. Llevan un mensaje muy fuerte de esperanza. Es decir, la reunión y restauración del pueblo de Dios.

La primera lectura es una profecía sobre el retorno del pueblo de Dios a Jerusalén. Es una garantía de que Dios cumplirá sus promesas a nosotros. Aquí, el Profeta hace tres puntos importantes. La primera es que Dios pronto cumplirá su promesa de restaurarnos a sí mismo. Seguramente lo hará para mostrar su poder Salvador. El segundo es el hecho de que Dios tiene un propósito para esta reunión. Esto es para la gloria de su nombre. En palabras de orden, cada trabajo que Dios realiza tiene como objetivo remoto de darle gloria. Tercer, además de reunirnos a sí mismo, Dios también nos hará sus embajadores a otros países.

Por lo tanto, él promete así: “Yo les daré una señal, y enviar algunos de sus sobrevivientes los enviaré a las naciones extranjeras… que nunca han oído hablar de mí o ver mi gloria.” Esto también pone de relieve la naturaleza misionera de nuestro llamado. Dios lo inicia y luego nos usa para lograrlo. Por lo tanto, Dios nos encarga: “Ir a todo el mundo y proclamen la buena nueva.” Esta buena nueva es que Dios restaurará la gloria perdida, por su propia gloria.

La segunda lectura de hebreos nos recuerda que es obediencia y disciplina que nos ayudará a responder, y efectivamente regresa al Señor. El camino a este regreso definitivamente no será fácil. En ello, nos encontráramos espinas y dolores. Como un padre amoroso, Dios también nos reprenderá y castigará. Sin embargo, esto es con el fin de corregir y guiarnos por el camino correcto.

Williams Shakespeare escribió en su novela, Hamlet: “Tengo que ser cruel, para ser amable.” Como un padre de amoroso, esto es el modo que Dios también nos trata. Es el alfarero y somos el barro. Nos aplasta, trata con fuerza, y finalmente nos moldea en una forma hermosa (Jer 18, 1-17). De este modo, debemos aprender a ser fuertes como Cristo hizo a través de Su sufrimiento y muerte en la cruz (Phil 2, 4). Esto es importante si debemos atestiguar la gloria de Dios. El éxito es conseguido a través de trabajo duro y trabajo duro a través de la disciplina y obediencia.

En el Evangelio, Jesús responde a una pregunta muy difícil: “Señor, ¿serán pocos salvados?” Su respuesta fue muy simple, y por supuesto, inteligente: “¡Intenta su mejor para entrar por la puerta estrecha…!” En vez de ocupar uno mismo con argumentos sobre el número de personas para ser salvos, es mejor trabajar duro para ser salvo.  A través de este, Cristo nos recuerda que la invitación a su fiesta está abierta a todos. Sin embargo, cada persona debe luchar para estar ahí. Debemos hacer lo que debamos hacer, por jugar bien nuestros papeles. Esta es la única manera que podíamos garantizar un lugar en el banquete del Reino de Dios.

En las palabras de orden, nos corresponde como individuos para hacer todo lo posible para estar en la reunión gloriosa de los Santos. Por lo tanto, Pablo nos amonesta: “Amadísimos míos…sigan procurando su salvación con temor y temblor”(Phil 2, 12). Se significa que tenemos que ponernos juntos haciendo uso de la oportunidad para estar preparados en todo momento. Por lo tanto, debemos ser enfocados y disciplinados para ser parte de la gran reunión de los Santos.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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