Homilía Para El Vigésimo Segundo Domingo Del Tiempo Ord., Año C

Humildad: Una Virtud Cristiana Indispensable 
Lecturas: (1ra: Sir 3, 17-20. 28-29; Sal: 64, 4-11; 2da: Heb 12, 18-24; Ev: Lc 14, 1. 7-14)

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario, la iglesia llama la atención a una muy importante virtud cristiana – humildad. Es un atributo y la calidad de Dios que todos sus hijos deben poseer y vivir.

Por lo tanto, estamos animados este domingo para reflexionar profundamente sobre esta gran virtud. También, estamos llamados a imitar la humildad de Jesucristo nuestro Señor, quien es el mediador de la nueva alianza.

La primera lectura de este domingo es un consejo sincero del predicador. Él nos da la clave para un exitoso compañerismo con Dios y por supuesto, con uno y otro. Se nos aconseja: “Comportarse con humildad y usted encontrará favor con el Señor.” Esto es la verdad. La humildad fue una marca distintiva de la vida y ministerio de Jesucristo nuestro Señor. Por lo tanto, debe ser también para nosotros como cristianos. El predicador también nos recuerda que el orgullo es una enfermedad. Sin embargo, la buena nueva es que pueden ser curadas a través de la imitación de la humildad de Cristo.

La segunda lectura nos recuerda que nuestro destino es el Monte de Sión, la Jerusalén celestial y la ciudad del Dios vivo. En esta ciudad, sólo los humildes como la de los Ángeles y los Santos pueden morar allí. Sin duda, el orgulloso no puede porque un corazón orgulloso no puede adorar al Señor. Además, en esta ciudad “somos todos primogénitos y auténticos ciudadanos.” Por lo tanto, como ciudadanos de esta ciudad debemos vestirnos nosotros mismos con humildad como Cristo nuestro Mediador.

El Evangelio nos lleva al clímax de la buena nueva de hoy. Cristo nos exhorta: “…Todo el que se ensalce será humillado y quien se humilla será exaltado.” Jesús nos enseña la importancia de la humildad y la sencillez en nuestro caminar cristiano. En este sentido, tenemos mucho que aprender de la Santísima Virgen María, que se humilló a sí misma. Su humildad fue tan notable que Dios la exaltó para ser la madre de su hijo Jesucristo.

María testifica esto a través de su magnificat: “Mi alma glorifica al Señor…porque ha mirado la humillación de su esclava…Él hace proeza con su brazo…derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”(Lc 1, 47. 59). Por lo tanto, no es necesario preguntarse por qué Cristo fue humilde. Ya tenía padres humildes y aprendió humildad de ellos. Así que, debemos imitar la humildad de Cristo y María para ser como ellos.

No hay nada que perder por ser humilde. Proverbio nos dice que: “La humildad y el temor del Señor trae riquezas, honor y vida” (Prov 22, 4). Por el contrario, el orgullo resulta en derrota y vergüenza. Cualquier vida espiritual que no se basa en humildad definitivamente será una vida vacía. Esto es porque tal cristiano sólo funcionará por sí mismo y sin respeto por las opiniones de los demás.

Por último, la Iglesia nos enseña que: “La humildad es la fundación de la oración.” (CIC 2559). Sólo un corazón humilde puede venir a Dios en oración. Una persona humilde siempre está dispuesta a pedir dirección a Dios y a los demás. También, está lista para escuchar y aprender de los demás. Se necesita humildad para decir por favor y también, para pedir perdón. Por eso, humildemente imploremos al Señor: “¡Oh Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón como el tuyo, del deseo de ser honrado y estimado líbrame!”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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