Homilía Para El Vigésimo Septo Domingo Del Tiempo Ordinario, Año C

Viviendo Por La Fe Que Nunca Falla

Lecturas: 1ra: Hab 1, 2-3. 2, 2-4; Sal: 94, 1-2. 6-9; 2da: 2Tim 1, 6-8. 13-14; Ev: Lc 17, 5-19

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario, la Santa Madre Iglesia nos invita a reflexionar sobre una de las más importantes virtudes cristianas y teológicas – fe. Es el fundamento de nuestra vida cristiana. La fe nos da una nueva visión y versión de la vida.

Sin fe, podemos ver sólo el lado feo y oscuro de la vida. Sin fe, seguimos impotentes y esclavos de la desesperación y desesperanza. La fe nos libera y nos ayuda a ver el poder y el amor de Dios en acción en nuestras vidas. En la primera lectura de este domingo, se nos recuerda de este muy popular versículo del libro de Habacuc: “…El justo vivirá por su fidelidad.”

Como seres humanos, a veces en la vida, nos encontramos nosotros mismos en la posición del profeta Habacuc. Simplemente nos encontramos indefensos y todo se vuelve oscuro y la esperanza aparece sin esperanza para nosotros. Es parte del proceso de madurez y crecimiento cristiano.

La buena noticia es que Dios no nos dejará si permanecemos fiel en esos momentos. Él definitivamente romperá su silencio en su propio tiempo apropiado para asegurarnos que Él está ahí para nosotros. A través de estas palabras, “el justo vivirá por su fidelidad,” Dios simplemente nos anima a permanecer fieles en acciones y buenas obras. Esta fe en cuestión es una fe salvadora. El justo aquí es el que aún persevera en buenas obras. Él es el que todavía confía en el poder de la salvación de Dios. Él es el que aún reza a Dios.

En la segunda lectura, Pablo toca la misma nota para amonestarnos así: “Reaviva el don de Dios que has recibido…Toma como norma las saludables enseñanzas que oíste de nosotros, de fe y de amor que están en Cristo Jesús.” Aquí, el apóstol nos llama a la acción. Él nos despierta para que nos demos cuenta de quiénes somos. Él nos recuerda el poder de Dios que trabaja en nosotros a través de las buenas enseñanzas que hemos recibido. Él nos anima a conservar la fe, (la doctrina sana) que hemos recibido de Dios mediante el Espíritu Santo y de sus apóstoles. Por lo tanto, esto simplemente nos recuerda que nuestro camino es un camino de fe. Esta fe debe ser constantemente cuestionada, y también llamada a la acción. Debe ser vivida a través de la constancia y perseverancia. Esta fe debe ser demostrada a través de acciones porque: “…Fe sin acción es muerta” (Santiago 2, 26).

En el Evangelio, los apóstoles de Cristo nos recuerdan lo que debemos pedir cada día. Es decir, orando a Cristo: “Señor aumenta nuestra fe.” Su humildad y aceptación de su falta igualmente nos recuerda la importancia de la fe en nuestra vida cristiana y en nuestro viaje.

Cada vez que leo este pasaje, me acuerdo de este cuento. Una vez, un escudo oxidado dijo al sol: “resplandéceme,” y el sol le respondió: “púlete tú mismo y te resplandeceré.” Nuestro Señor Jesucristo siempre está listo para aumentar nuestra fe. Sin embargo, debemos humildemente pedir por ella. En segundo lugar, debemos hacer los esfuerzos necesarios a través de nuestras acciones.

Por último, necesitamos fe para poder perseverar en las buenas obras. La necesitamos para permanecer firmes durante los momentos difíciles en la vida. Necesitamos más fe para confiar en la voluntad y el juicio de Dios. Por lo tanto, debemos humillarnos cada día diciendo: “Señor, aumenta nuestra fe.”

 ¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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