Homilía Para El Tercer Domingo De Pascua, Año A

¡Aleluya! Cristo Resucitado Esta Con Nosotros

Lecturas: 1ra: Hch 2, 22-33; Sal: 15, 1-2.5-11: 2da: I Ped 1, 17-21: Ev: Jn 24, 13-35

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com. 

En este tercer domingo de Pascua, seguimos a apreciar el amor de Dios para nosotros. Hoy, la Iglesia nos insta a seguir alegres. Esto es porque, Cristo no sólo nos ha rescatado con su sangre preciosa. También, él continúa de estar con nosotros a través de las escrituras (liturgia de la palabra) y en la fracción de pan (liturgia de la Eucaristía), el núcleo de la Misa.

En este tercer domingo de Pascua, seguimos a apreciar el amor de Dios para nosotros. Hoy, la Iglesia nos insta a seguir alegres. Esto es porque, Cristo no sólo nos ha rescatado con su sangre preciosa. También, él continúa de estar con nosotros a través de las escrituras (liturgia de la palabra) y en la fracción de pan (liturgia de la Eucaristía), el núcleo de la Misa.

En la primera lectura de este domingo, tras de su experiencia pentecostal, Pedro, continúa a dar testimonio a Cristo resucitado y glorificado. Argumenta que era imposible para Cristo estar cautivo por la muerte, por eso, es igualmente imposible para nosotros, que Cristo ha redimido con su sangre preciosa, permanecer cautivos. Esto es porque, compartimos en la vida nueva de Cristo. Ahora, habitamos en su presencia. Por lo tanto, no hay ninguna causa para las alarmas porque: El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente ” (Salmo 91:1).

En la segunda lectura, Pedro nos llama a vivir una vida digna de nuestro estado nuevo mediante la resurrección de Cristo. En palabras de orden, si Dios es verdaderamente nuestro padre, debemos intentar vivir una vida Santa, porque: “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.” (II Tim 2, 19). Es una vida de testimonio, y que muestra que Cristo vivo verdaderamente en nosotros.

El evangelio de hoy llama nuestra atención a aspectos importantes de nuestra vida cristiana. Es decir, la liturgia de la palabra, y del cuerpo y la sangre de Cristo. Es importante tener en cuenta la secuencia de las actividades en este viaje a Emaús. En primer lugar, Cristo ilumina las mentes de sus discípulos con las escrituras (liturgia de la palabra): “Entonces desde Moisés…él les explicó los pasos a través de las escrituras sobre sí mismo”.

En segundo lugar, Cristo celebra la liturgia de su propio cuerpo y sangre (la Eucaristía) con ellos: “Mientras que él todavía estaba con ellos en la mesa, tomó pan, y dijo la bendición; lo partió, y les dio.” Luego, sucedió algo muy importante: “…Sus ojos se abrieron y lo reconocieron…” Es importante tener en cuenta que fue sólo después de estas dos celebraciones importantes, que estos discípulos reconocieron a Cristo, su maestro.

La celebración de la Eucaristía con sus discípulos, subraya la importancia del mandato de Cristo: “Hagan esto en memoria mía”. De hecho, nos ha redimido y nos da nueva vida a través de su misterio Pascual. Aún, a fin de sostener y alimentar esta nueva vida, nos dejó él mismo en estas dos liturgias importantes de la misa Santa (Palabra y eucaristía). De ahí, el refrán: “¡La liturgia es vida!” Esto significa que, si olvidamos estas liturgias celebradas por Cristo sí mismo, olvidamos nuestra nueva vida en él. 

Cristo hizo esto hoy para recordarnos que cada vez que celebramos estas liturgias dignamente, se abre nuestros ojos, para reconocer su presencia divina con nosotros. A través de la fracción del pan en memoria de Él, alimenta nuestra vida y lo hace nuevo cada día.

Por lo tanto, en la misa, reconocemos a Cristo cada día, y renovamos nuestra vida en Él. Esto es porque, Cristo en la misa se ofrece otra vez como un rescate precioso para la renovación de nuestra propia vida. Por lo tanto, lo pedimos Cristo que siempre abrir los ojos de nuestras mentes, para que podamos reconocerle durante cada celebración eucarística. ¡Aleluya, Cristo resucitado está con nosotros!

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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