Homilía Para El Cuarto Domingo De (Buen Pastor) Pascua, Año A

Cristo Nuestro Buen Pastor, Nos Cuida

Lecturas: 1ra: Hch 2: 14.36-41; Sal: 22: 1-6; 2da: 1Ped 2: 22-25; Ev: Jn 10: 1-10)

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo en: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com. 

 

En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia celebra a Cristo el buen pastor. Seguimos a regocijarse porque, él es el que nos conduce a través de los difíciles momentos de la vida.

En la primera lectura de hoy, Pedro el pastor principal entre los “pastores apostólicos”, jugó su papel pastoral muy bien. A través del poder del Espíritu Santo fue capaz de hablar en nombre del resto. Por supuesto, su discurso fue un gran éxito. Esto es porque, su predicación resultó a la mayor conversión de las almas jamás registrado en la historia de la humanidad en una sola ocasión. ¡Es decir, tres mil personas!

La lección aquí es bastante simple. Un pastor que prepara y corpera con el Espíritu Santo sin duda se convertirá en un poderoso instrumento de conversión en las manos de Dios. Dios sabía que Pedro era preparado y capaz, así que se lo dio una gran cosecha de las almas.

Asimismo, en su carta pastoral de nuestra segunda lectura de hoy, Pedro nos recuerda el hecho que, para ser un buen pastor, uno debe soportar sufrimientos como Cristo lo hizo por el bien de su rebaño. No era egoísta, o abandonó su deber. En cambio, sufrió y dio todo por el bien de su rebaño: “Cristo sufrió por ustedes y dejó un ejemplo para seguir… Él estaba teniendo nuestras faltas en su propio cuerpo en la cruz…”

Estas son las pruebas y cualidades de un buen pastor. Ofreció todo por el bien de su rebaño. Él no cree en las medidas a medias. Para él, es: “Aut optimuim, aut nihil” (es todo, o nada). Debemos imitar a Cristo el buen pastor que se atrevió el demonio para salvarnos. Hay que decir como Cristo: “¡Lo haré!”. Señor, déjeme cuidar los enfermos, los huérfanos, los débiles, los pobres, los marginados y los oprimidos. Señor, quiero luchar por su curso. Quiero ser su luz, su esperanza, su orgullo y su pastor.

Como buenos pastores, cada uno de nosotros tiene una responsabilidad hacia alguien. No debemos abandonar esta responsabilidad en detrimento de nuestro rebaño. La celebración de hoy nos recuerda que debemos ser contrastes a “pastores mundanos” de nuestro tiempo que explotan a su rebaño.

En el Evangelio, Jesús nos señala más cualidades de un buen pastor: “… El que entra por la puerta, es el buen pastor del rebaño… las ovejas oyen su voz…Se llama sus propias ovejas y las lleva…las ovejas lo siguen porque conocen su voz. “ Lo que Jesús nos enseña aquí es que, necesitamos construir una buena relación con nuestro rebaño, una relación basada en amor, confianza y respeto mutuo.

También, debemos hacer a Cristo el pastor de nuestra alma. Esto significa simplemente escuchando su voz en las escrituras, en las enseñanzas del Magisterio de la iglesia y en las tradiciones de la iglesia. Para ser verdaderamente las ovejas del rebaño del Señor, debemos escuchar a él. Él nunca falla. Él sabe el camino que caminamos todos los días. Él sabe cuándo tiene que colocarnos sobre sus hombros, y cuando tomarnos por la mano como sus niños.

Cuando nos acercamos a él, podremos escuchar y reconocer su voz. Moviéndose lejos de él pone en peligro nuestra vida. Así que, Él nos invita: “Vengan a mí todos ustedes (mis ovejas) que están cansados y agobiados, y yo les dará descanso” (Mat 1, 28). Por lo tanto, dejemos a hacer el Cristo resucitado nuestro Pastor porque, si lo hacemos: “Nada nos falta, y ciertamente, su bondad y su misericordia nos acompañará todos los días de nuestra vida (Sal 23, 1.6). ¡Aleluya, aleluya!

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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