Homilia Para El Domingo De Pentecostés, Año A

Un Nuevo Pentecostés: ¡Ven, Oh Espiritu Santo!

Lectura: 1ra: Hch 2: 1-11; Sal: 103: 24-34; 2da: 1Co 12: 3-7.12-12; Ev: Jn 20: 19-23

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo en: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy es el domingo de Pentecostés. Pentecostés es una fiesta que ocupa una posición muy importante y prominente en la historia y el calendario litúrgico de la iglesia. Esto es porque sirve como puente entre Pascua y tiempo ordinario del año.

La primera lectura de este domingo narra la historia de cómo Cristo finalmente cumplió su promesa a sus discípulos, que obedecieron fielmente su mandato: “¡No dejan Jerusalén hasta que el abogado viene!” (Hch 1, 5). De la perspectiva de esta lectura, por lo tanto, la celebración de hoy es una recompensa por el fiel obediencia y constancia en la oración.

Es importante tener en cuenta que uno de los mejores aspectos de esta fiesta que es muy incomprendido y abusado es el don de lengua. Es importante que prestamos atención a las enseñanzas de Pablo sobre el tema de regalos y lenguas en 1 Co 12 y 14. Es un don gratuito de Dios y no viene a través de aprender y practicar.

Quienquiera habla lenguas falsas es tanto blasfemando contra Dios y cometiendo sacrilegio. Es decir, el pecado contra el Espíritu Santo. Este don fue dado a los Apóstoles para ayudarlos difundir el Evangelio a diferentes personas que se reunieron de todas las Naciones para escucharlos: “Ahora eran hombres devotos que viven en Jerusalén… cada uno desconcertado para oir estos hombres hablando en su propia lengua las maravillas de Dios.” No fue dado a ellos para aumentar su ego, o para sus propios intereses personales o egoísmo. En cambio, fue dado a ellos con el fin de edificar la iglesia y para transmitir el mensaje de la vida eterna a otros.

En la segunda lectura de hoy, Pablo hace una declaración muy importante: “nadie puede decir ‘Jesús es Señor’ a menos que está bajo la influencia del Espíritu Santo.” Lo que esto significa es que es Dios mismo que nos permite a través de los dones que hemos recibido hoy para reconocer el señorío de Cristo. Reconociendo el señorío de Cristo era una tarea difícil para Satanás porque, el Espiritu Santo lo dejó.

Lo obvio es que cuando Pablo usa la frase “Jesús es el Señor”, él no simplemente refiriéndose a la declaración literaria del señorío de Cristo. Lo que él significa es, que Jesús es el Señor de la vida. Para lograr esto, se necesita la convicción del Espíritu Santo.

Decir que Jesús es el Señor es vivirlo, y para tenerlo realmente como el Señor vivo. Sólo aquellos que están guiados por el Espíritu Santo verdaderamente son hijos de Dios (Rom 8, 14). Es el espíritu que recibimos hoy, que nos ayuda proclamar el señorío de Cristo: “Ustedes han recibido el espíritu de la filiación, y por él, clamamos Abba Padre. El Espíritu da testimonio con nuestro espíritu que somos hijos de Dios”(Rom 8, 15-16).

En el Evangelio de hoy vemos el Dios trinitario en la acción, cada uno haciendo y cumpliendo su acción, y aún unidos. Funcionaron como si fueran involucrados en una carrera de relevos, donde cada uno entregó la batuta a otro. Sin embargo, a pesar de ello, ninguno de ellos fue pasiva en cualquier momento. Jesús dice, “como el padre me envió así yo lo voy a enviar, reciben el Espíritu Santo”.

El Espíritu Santo que recibimos hoy viene en ninguna manera a reemplazar a Cristo. Más bien, él ha venido a ayudarnos a alcanzar lo que él ayudó a Cristo alcanzar. Por lo tanto, el mismo Espíritu nos da el poder para testificar al señorío de Cristo. Es un nuevo Pentecostés, por eso imploremos al Señor: “Envía tu espíritu Seño, y renueva la faz de la tierra. 

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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