Homilia Para El Decimotercer Domingo Del Tiempo Ordinario, Año A

Acogiendo A Cristo En A Los Demás

Lecturas: 1ra: 2Re 4-8. 14-16; Sal 88; 2da: Rom 6, 3-4.8-11; Ev: Mt 10, 37-42

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este decimotercer Domingo, la Iglesia nos invita a acoger a Cristo en a los demás. Esto es especialmente, a través de los mensajeros de Dios entre nosotros. Asimismo, nos alienta a ser sensible a la necesidad de uno a otro para hacer una diferencia positiva en sus vidas.

En la primera lectura de este domingo, la generosidad de la pareja de Sunem hacia Eliseo los trajo la bendición y la alegría de su vida. Hay mucho que aprender de esta lectura. Eran sensibles a la situación y la necesidad inmediata del hombre de Dios. No Sabían que éste era el principio de su bendición. A través de este acto de generosidad, hospitalidad y sensibilidad, todo se cambió para su bien. Se cumplió su deseo de la edad.

Por otra parte, Eliseo igualmente era preocupado y sensibles a las necesidades de esta pareja de Sunem. Así, en lugar de sobre cargarlos con por solicitar más de ellos o aprovechar su generosidad, él oró por ellos y los bendijo a través de su ministerio profético. Así, su presencia era de hecho una bendición a esta casa, en lugar de ser una carga. Basta notar que el nombre de Eliseo significa: “Dios salva”. Esto es exactamente lo que su acción afirmó.

En la segunda lectura, Pablo relata cómo Cristo nos ofrece nueva vida a través de nuestro bautismo. Llegó y se ofreció a sí mismo como un rescate, no por su propia causa. Más bien, por el bien de nuestra salvación. Por aceptar a Cristo a través de nuestro bautismo, nos hemos convertido uno con él en la muerte y la vida. También, por acoger a Cristo, hemos recibido una parte de su gloriosa vida. Así que, no somos más, esclavos al pecado y la muerte. Este mismo Cristo vive en otros. Por lo tanto, debemos igualmente acogerlo en otros, incluyendo, en lo más mínimo de nuestros hermanos.

En el Evangelio de hoy Cristo habló claramente a nosotros sobre la necesidad de acoger a otros por su causa. Sobre todo, aquellos que llevan las buenas nuevas de salvación. A través de la generosidad y hospitalidad, como la familia de Sunem, en la primera lectura, podríamos atraer la bendición de Dios a nuestro hogar y familia. A través éstas, nuestras vidas y fortunas podrían transformarse también.

Por desgracia, hoy en día, tomamos muchas cosas por sentado. Somos tan indiferentes a los demás y sus necesidades. Esto incluye, a la presencia de los “auténticos mensajeros” de Dios entre nosotros. Esto podría ser debido a que, nuestra sociedad está inundada de muchos autoproclamados y falsos “hombres de Dios.” Es decir, en la medida en que uno apenas podía distinguir entre “el loco y el mecánico” porque sus vestimentos a veces son parecidos.

También podría ser que, nos somos tan acostumbrado al uno al otro y por supuesto, a los hombres de Dios, que se han vuelto tan comunes para nosotros. Más importante y lamentablemente, podría ser que, “los llamados hombres de Dios”, así como el pueblo de Dios ha perdido el sentido de lo sagrado.

Por último, es importante preguntar a nosotros mismos estas preguntas importantes. ¿Aún valoramos la presencia de los demás? ¿Somos sensibles a sus necesidades? ¿Es nuestra presencia una fuente de bendición para las personas que encontramos o que nos encuentran? ¿Nuestra presencia hace alguna diferencia, o es una carga añadida a la vida de a los demás? ¿De qué bueno nuestra presencia traer para los demás?

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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