Homilia Para El Decimoquinto Domingo Del Tiempo Ordinario, Ano A

La Palabra De Dios Es Una Semilla Viable En Nuestro Corazón

Lectura: 1ra: Is 55, 10-11; Sal: 64, 10-14; 2da: Rom 8, 18-23; Ev: Mt 13, 1-25

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo en: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy, el decimoquinto domingo del tiempo ordinario, celebramos a Cristo que siembra la semilla de la palabra de Dios en nuestros corazones. A la luz de la profecía de Isaías y la parábola del sembrador de Cristo, la Iglesia nos insta a evaluar nuestra relación con la palabra de Dios. Por lo tanto, debemos preguntarnos hoy: ¿Qué ha logrado, o cambiado la palabra en mi vida?

En la primera lectura, Isaías compara la palabra de Dios con la lluvia y la nieve que cae sobre la tierra: “Como la lluvia y la nieve que descendía del cielo sin empapar la tierra… así que, mi palabra no volverá a mí vacías, sin cumplir su misión…” Esto es porque la palabra de Dios es activa y viable. Tiene la potencia máxima para rejuvenecer y nutrir nuestra vida. Como una espada de dos filos (Heb 4, 12), absuelve y condena a uno. Por lo tanto, de cualquier manera, cumple a su misión, porque: “La palabra de Dios es, Sí y Amén” (1 Co 1, 20).

 En la segunda lectura, Pablo hace una declaración muy importante: “La creación espera con impaciencia la manifestación de los hijos de Dios…” Esta manifestación pretende revelar lo que está dentro de nosotros. Por lo tanto, como los vasos llenados de la palabra de Dios, se espera que emiten buena fragancia cuando finalmente nos manifestamos.

Lo que será revelado son los frutos del Espíritu Santo a través de la palabra de Dios, y la unción que recibimos en Cristo. Esto significa que como los hijos adoptivos de Dios que llevan su palabra, hay una gran expectativa de nosotros. Por lo tanto, el producto de esta expectativa debe ser positivo. Debe edificar, porque la semilla de la buena en nosotros era viable.

En el Evangelio, a través la parábola del sembrador, Jesús habló personalmente a cada uno de nosotros. Si nos examinamos a nosotros mismos sinceramente a la luz de la parábola de hoy, convincentemente encontraremos nuestro lugar en ella. La difusión de las semillas por todas partes sin considerar la naturaleza del suelo, y donde caen es una indicación de la voluntad de Dios, dar a todo la oportunidad de escuchar su palabra. Muestra la universalidad de la salvación, y un signo de que Dios no tiene favorito. Él desea que todas las naciones oyen la buena nueva y arrepientan (hechos 10, 34).

Un punto es claro desde la primera lectura y el Evangelio de hoy. Esto es el hecho de que la palabra de Dios es una semilla viable. En otras palabras, el problema no es con la semilla. Más bien, el problema es siempre con el receptor. Es decir, la actitud hacia la palabra de Dios.

Por desgracia, para algunos de nosotros, la palabra de Dios ha perdido su sentido y significado. Se ha convertido en una antigua historia repetida para las edades. ¡De todos modos, dejemos escucharla una vez más, y seguimos con nuestras vidas! Para otros, es un obstáculo en nuestro camino como, Pablo dijo: “…predicamos a Cristo crucificado (la palabra de Dios hecha carne), piedra de tropiezo para los judíos, y necedad para los gentiles” (1 Co 1,23). Gloria sea a Dios, para muchos es todavía vivo y nuevo cada día.

 La manera en que recibimos, valorar y tratar la palabra de Dios determina quiénes somos, y lo que logra en, y por nosotros. No está destinado a ser recibido y puesto en cuarentena. Por el contrario, está destinado a ser vivido, y no es ser pasivo en nosotros. Por el contrario, está destinado a nutrir, y ser uno con nosotros, como la comida forma carne, y se convierte uno con nuestros cuerpos mortales. Se supone que forma nuestra personalidad. Es decir, la manera en que vivimos, hablamos, caminanamos y relacionamos. Así, como era uno con Dios quien lo envió (en el principio, Jn 1, 1-4), así que, debe convertirse en uno con nosotros.

Por último, la palabra de Dios da forma a nuestra fe, y nuestra fe depende de ella. Por lo tanto, Pablo nos recuerda que: “Así que, la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo” (Rom 10:17). Pueda Dios nos ayuda crecer y madurar en nuestra fe, a través de la palabra vivificante de Dios que oímos todos los días. Amén.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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