Homilia Para Vigesimoprimer Domingo Del Tiempo Ordinario, Año A

Reconociendo A Cristo, El Hijo De Dios Vivo

Lecturas: 1ra: Is 22: 19-23; Sal: 137, 1-3.6. 8; 2da: Rom 11:33-36; Ev: Mt 16:13-20

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo en: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este vigésimo primer domingo, la Iglesia nos une para reconocer y reverenciar a Cristo. Es sólo cuando reconocemos quién es Cristo, como lo hizo Pedro, que podamos apreciar su grandeza. Sin embargo, esto sólo es posible a través del poder del Espíritu Santo.

En la primera lectura de hoy, Dios manifestó su poder como el Señor Soberano. Destronaba a los orgullosos y malvados Sebna, y exaltaba al humilde y fiel Eliakim. En esta lectura, Eliakim prefigura a Cristo, el Mesías: “El que tiene la llave de David, el que abre y nadie cierra, y se cierra y nadie se abre “(Ap 3:7). A través de su humildad, Dios le dio toda la autoridad tanto en el cielo como en la tierra. A su vez, a través de su declaración solemne, Cristo delegó la misma autoridad a Pedro sobre su iglesia en el Evangelio de hoy.

En la segunda lectura, Pablo exalta la grandeza de Dios. Él contempla: “¡Qué inmensa y rica es la sabiduría de Dios! ¿Que impenetrable son sus designios…Quien ha conocido jamás el pensamiento del Señor o ha llegado a ser su consejero?” Seguramente, como humanos, no podemos comprender la sabiduría y la grandeza de Dios. Sin embargo, Dios se revela a los que lo aman, y a quien él decida revelarse a sí mismo.

Él revela la profundidad de su mente a aquel que está dispuesto a ir más allá con él, y a aquel que es dócil al espíritu de Dios. Por lo tanto, no es de extrañar que él se reveló de una manera muy especial a sus siervos humildes como María, Pedro, Pablo y otros apóstoles.

Se revela a los que le buscan en la verdad, honestidad y con una conciencia clara. Él se ha revelado completamente a nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, sólo aquellos que permiten que los ojos de su mente sean iluminados por el Espíritu Santo pueden comprender las profundidades del motivo de Dios.

El Evangelio de hoy comienza de una manera muy dramática e interesante. Jesús era consciente de la confusión sobre su personalidad y misión. Por lo tanto, él decidió saber lo que sus discípulos piensan de él: “¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?” ¿Y ustedes, quien dicen que soy? De la respuesta de algunos de ellos, era obvio que no tenían una idea clara de quién era Cristo. Pedro vino a su rescate. “¡Tú eres el Mesías, el hijo del Dios vivo!” Esta es la respuesta al “secreto mesiánico” (MK 1:43-35). ¿Cómo lo supo Pedro? ¡Simple! Dios mismo lo reveló a él a través del Espíritu Santo como Jesús afirmó.

La respuesta de Pedro, provocó una declaración muy importante de Cristo, similar a la de nuestra primera lectura. Las llaves fueron dadas a Pedro como un signo de su autoridad apostólica y ministerial sobre toda la iglesia de Cristo. Esto se hizo posible porque reconoció a Cristo. Así que, Cristo no se equivocó haciéndole la cabeza de su iglesia terrenal. Esta es la posición que Pedro ocupa hasta hoy a través de la sucesión apostólica de los papas.

Si Cristo nos ponga la misma pregunta hoy, “¿quién dices que soy?” ¿Qué sería nuestra respuesta? No podemos comprender quién es Cristo a menos que tengamos una relación íntima con él. Una vez más, y lo más importante, no podemos responder plenamente a esta pregunta a menos que seamos dóciles al Espíritu Santo que nos revela la profundidad de la mente de Dios para nosotros.

 Finalmente, sólo los creyentes que reconocen quién es Cristo, tienen un lugar especial en él. Por lo tanto, nuestro mayor deseo cada día debe ser: “Conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte” (Phil 3:10).

 ¡La paz sea con ustedes!

 ¡Maranatha!

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