Homilía Para El Quinto Domingo De Pascua, Año B

Dando Fruto En Cristo, Nuestra Vid Verdadera

Lecturas: 1ra: Hechos 9, 6-31 Sal 21, 26-23; 2da 1Jn 3, 1-2 Ev: Jn 15, 1-15

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este quinto domingo de Pascua, la Iglesia nos recuerda que Cristo es la vid verdadera, y nosotros somos sus sarmientos. Como sarmientos de la vid verdadera, se espera que damos buenos y positivos frutos en Cristo.

En la primera lectura de hoy, una cosa notable que vemos en Pablo es que después de su conversión dramática, su vida cambió completamente. Inmediatamente, fue transformado de Saúl el perseguidor, a Pablo el predicador de las buena nueva. No perdió ningún tiempo antes de dar fruto en Cristo. Esto es porque, su conversión fue verdadera y genuina.

La consecuencia de su verdadera conversión y creencia en Cristo fue una gran cosecha de las almas que continúan hasta hoy. Pablo dio buenos frutos porque era una rama que permaneció profundamente en Cristo, el verdadera vid. Dio abundante y duradero frutos a través de sus obras y acciones caritativas

En la segunda lectura, Juan nos recuerda que: “… no amemos solamente de palabra, amemos de verdad y con las obras.” Sólo a través de esto podemos estar seguros de que somos hijos de la verdad… “ Juan parece recordarnos el dicho de que: “acción habla más fuerte que la palabra.”

La palabra de Dios nos transforma porque es real y activa. Por lo tanto, no podemos amar a Dios ni cumplir sus mandamientos sin obras concretas de caridad y misericordia. Además, no podemos permanecer en Cristo sin dar frutos como marca de nuestra unión con él.

Juan nos recuerda que: “Quien cumple sus mandamientos, permanece en Dios y Dios, en él. “ Esto simplemente significa primero, que la única manera en que podemos dar tal fruto es tomar en serio el mandamiento de Dios. Segundo, lo que demuestra que vivimos realmente en Cristo es nuestra habilidad de cumplir sus mandamientos. Es también nuestra expresión concreta de amor por él y por los demás.

El Evangelio de hoy es un llamado a fortalecer nuestra relación con Cristo para seguir viviendo en él. El tipo de relación que debe existir entre nosotros y Cristo se ilustra usando lo que es natural para nosotros. Es decir, la relación entre una vid y su sarmiento.

Ninguna rama puede tener vida, o dar fruto por sí mismo, a menos que se permanece firmemente en un árbol. Del mismo modo, en nuestra vida espiritual y viaje como cristianos, no podemos dar ningún fruto sin permanecer en Cristo nuestra vid verdadera, en cuyo nombre fuimos bautizados. Somos creados, y llamados a permanecer en Cristo con un propósito, y este propósito es, dar frutos duraderos en él.

Así que, en lugar de una vida pasiva, vivir en cristo significa una vida activa y positiva caracterizada por caridad, paz, santidad, pura reverencia y amor a Dios, y a nuestros prójimos. En otras palabras, es posible dar buenos frutos en Cristo a través de una buena y virtuosa vida.

Hoy, la Iglesia nos da la oportunidad de reflexionar en nuestro progreso espiritual. ¿Cómo está mi relación con Cristo, la vid verdadera? ¿Estoy viviendo en él? ¿He dado algún buen fruto en Cristo? Dar fruto en Cristo significa crecer espiritualmente y afectar a los demás positivamente.

No podemos estar en Cristo por años y aún sufrir de letargo o enanismo espiritual. No, debe ser progreso en nuestra unión con él. Este progreso debe expresarse en nuestra confianza en él, en nuestro mejor conocimiento de él, y en nuestro amor por él y por los demás.

Finalmente, cuando como Pablo, creemos en Jesucristo, Dios vive en nosotros, y vivimos en El. Nos convertimos en sarmiento de la vid verdadera, Jesucristo. Así que, con el salmista, podemos cantar con confianza: “Tú, Señor, eres mi alabanza en la gran Asamblea.” Alleluia.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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