Homilía Del Décimo Domingo Del Tiempo Ordinario, Año B

Somos Miembros De La Victoriosa Familia De Cristo

Lectura: 1ra: Gen 3: 9-15; Sal 129; 2da 2 Cr 4, 13. 5:1; Ev: Mc 3: 20-35

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este décimo Domingo del tiempo ordinario, la Iglesia nos recuerda que, como humanos, todos tenemos una lucha existencial contra el mal. Sin embargo, la buena noticia es que, estamos iluminados a través de la seguridad de la victoria. Es Cristo, la semilla de la mujer (María) que nos ayuda a obtener esta victoria en nuestra lucha diaria y terrenal contra el mal.

La primera lectura es de la historia de la caída de Adán y Eva. Es una parte integral de nuestra historia salvífica que nos recuerda algo que heredamos de ellos. Es decir, la naturaleza adámica debido al pecado original. Además, nos recuerda las consecuencias de la desobediencia.

En lugar de aceptar su culpa, trataron de justificarse culpando a los demás. Adán culpó: “La mujer que usted (Dios) me dio.” Por supuesto, él no culpó a la mujer sola, él también indirectamente culpó a Dios que generosamente y amablemente le dio la mujer. Por otro lado, Eva culpó: “La serpiente que me tentó.” ¡La culpa llovió sobre la culpa!

Como algunos de nosotros lo hacemos, fue difícil aceptar su culpa. Ninguno de ellos dijo, lo siento, me equivoqué, fue mi culpa o aún, por favor perdóname. En cambio, encontraron excusas para exonerarse y, otra persona debe asumir la culpa. Las excusas no absuelven las faltas. Más bien, lo que ayuda es aceptar humildemente la falta de uno y pedir perdón.

En la segunda lectura, Pablo simplemente saca a la luz las características significativas de una vida vivida en la fe. Con las palabras del salmista testifica: “También creemos y por lo tanto hablamos (Sal 116:10), sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús a la vida nos resucitará”. Sí, esta es una gran profesión de la fe “.

A través de esto, Pablo nos recuerda que predicar (hablar) el Evangelio es posible sólo por la fe. También nos recuerda que, a pesar de nuestras dificultades y luchas existenciales contra el mal en nuestro mundo, la gracia fortalece nuestra fe. La gracia y la fe nos mantienen firmes y enfocados en la gloria de la vida eterna.

El Evangelio de hoy narra el encuentro de Jesús con su pueblo y familia. A pesaron de que Cristo estaba loco. Lo acusaron de ser poseído cuando en realidad estaba liberando a los poseídos. Estaban dispuestos a detenerlo con cargos falsos. Deseaban domar sus obras milagrosas y su poderosa predicación. A pesar de todo esto, Cristo mantuvo enfocado.

Cada verdadero discípulo de Cristo es su hermano, hermana, madre y un miembro de su familia victoriosa. Él vino a salvar a todos los que están listos para cumplir la voluntad de Dios. Por supuesto, María su madre es un gran modelo de esto para todos nosotros. Por lo tanto, Cristo no faltó respecto a su propia madre fiel. Más bien, hoy él nos enseña una lección importante. Que, a través de la fe y la obediencia a la voluntad de Dios, todos tenemos la oportunidad de ser miembros de su victoriosa y feliz familia.

Además, Cristo nos recuerda que no es estatus, sino acción en respuesta al llamado de Dios que determina quién pertenece a su familia victoriosa. Formar parte de la victoriosa familia de Cristo es un proceso dinámico. Fluye de un encuentro personal con Cristo. También fluye de la fidelidad y la obediencia a la voluntad de Dios. Por lo tanto, si somos discípulos de Cristo, debemos demostrarlo a través de nuestra fe y obediencia a la voluntad de Dios.

Finalmente, Adán y Eva disfrutaron del estatus y cómodo de la presencia divina de Dios pero, lo perdieron por desobediencia. A través de ellos, también perdimos nuestra membresía de la familia victoriosa. Sin embargo, la buena noticia es que a través de la fe en Cristo (la semilla de María), y la obediencia a la voluntad de Dios, nuestra membresía de la familia victoriosa ha sido restaurada.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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